Especialistas en cuidar del amor
Una de las preguntas que más relevantes para hacer durante una consulta de medicina familiar parece sencilla:
—¿Cuántos años llevan de casados?
Algunas respuestas sorprenden.
—Sesenta y dos años.
—Sesenta y siete.
—Setenta.
Entonces dejo de ver únicamente una historia clínica y empiezo a contemplar una historia de vida.
Cuando una pareja entra al consultorio tomada de la mano, se ayuda a sentarse, recuerda la respuesta del otro o sonríe con esa complicidad que solo regalan las décadas compartidas, siento que estoy frente a verdaderos especialistas en cuidar del amor.
Muchos de ellos viven con limitaciones económicas. Sus casas son sencillas y sus ingresos escasos. Sin embargo, mientras converso con ellos, pienso que son inmensamente ricos. Han acumulado un patrimonio que ningún banco puede guardar: una vida construida juntos, miles de desayunos compartidos, enfermedades enfrentadas de la mano, hijos criados, pérdidas lloradas en compañía y una fidelidad que ha resistido el paso del tiempo.
Como médico, ayudar a que continúen compartiendo más años de vida me llena de sentido. Cada control de la hipertensión, cada ajuste de un tratamiento, cada vacuna, cada consejo sobre alimentación o ejercicio tiene un propósito que va más allá de controlar enfermedades: contribuir a que ese amor tenga un poco más de tiempo.
Con frecuencia creemos que los médicos solo cuidamos corazones, pulmones o riñones. Pero la medicina familiar tiene un privilegio mayor: cuidar personas dentro de sus familias. Y cuando una pareja ha permanecido unida durante más de medio siglo, uno comprende que preservar su salud también significa proteger una historia de amor.
Confieso que esas consultas siempre me dejan una profunda alegría. Me recuerdan que el amor perseverante existe, que la familia sigue siendo el bien más valiosos que puede tener un ser humano y que vale la pena dedicar la vida a cuidarla.
Muchos de mis pacientes, sin proponérselo, han sido mis maestros. Ellos me han enseñado que amar vale la pena, que la fidelidad no es una idea antigua sino una decisión cotidiana, y que la verdadera riqueza no siempre se mide en dinero, sino en la capacidad de permanecer al lado de quien elegimos, incluso cuando llegan los años, las enfermedades y las dificultades.
Quizá esa sea una de las lecciones más hermosas que he aprendido en el consultorio: hay personas que, sin haber escrito un libro ni pronunciado grandes discursos, han dedicado toda una vida a cuidar del amor. Y eso, en un mundo donde tantas cosas son pasajeras, constituye un tesoro invaluable.
Comentarios
Publicar un comentario