Reflexión sobre la actualidad de Cristo y la paz
¿Puede haber algo más actual y, a la vez, más plenamente futuro que Dios mismo? Si todo lo puede y todo lo abarca en su conocimiento y en su amor, entonces, en sentido estrictamente religioso, Él es simultáneamente lo presente que sostiene la historia y lo venidero que la conduce a su plenitud.
Ya Cristo lo expresó en el Evangelio: «no se vierte vino nuevo en odres viejos». Los tiempos cambian y cambiarán bajo el signo del Reino prometido; no es otra simiente la que sostiene la fe, sino la fidelidad de Dios que actúa en la historia. Por ello, no tiene sentido reducir la vida religiosa a formas culturales del pasado, como si la verdad revelada perteneciera a una época cerrada. Para el creyente, también el progreso histórico —con todas sus ambigüedades— puede ser leído como espacio donde se despliega la voluntad única y soberana de Dios.
Esa voluntad divina es tan antigua como originaria y, al mismo tiempo, siempre nueva; se manifiesta de múltiples maneras que requieren discernimiento espiritual. La vida y el amor crecen silenciosamente incluso cuando la guerra irrumpe con estruendo, porque la violencia nunca deja de ser negación del designio creador. El asesinato, la xenofobia, la negación del otro, las ambiciones de poder y la avaricia continúan presentes en la historia humana; sin embargo, en lo más profundo del ser, persiste una vocación sagrada hacia lo humano, reflejo de la imagen de Dios.
Creemos en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, cuya encarnación revela que la plenitud divina no destruye lo humano, sino que lo redime y lo eleva. Por eso, las prácticas religiosas auténticas no son refugio de división, sino memoria viva de su presencia reconciliadora.
Ante decisiones humanas que con frecuencia desembocan en disputas, odios y venganzas, el corazón creyente clama por el fin de las guerras sin sentido. Resulta escandaloso que se invoque un argumento religioso para justificar la violencia, pues tal uso de lo sagrado constituye una grave distorsión del Evangelio. La cruz no es signo de conflicto ni de sectarismo: es sacramento de perdón, reconciliación y paz.
Así, aun sin recurrir constantemente a la letra bíblica —aunque esta sea fuente inagotable de verdad—, el creyente puede reconocer en la conciencia iluminada por la gracia un sentido común profundamente humano y, por ello mismo, auténticamente cristiano de la realidad.
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