La enfermedad como hecho social: una mirada sociológica integradora con enfoque intercultural en el uso de sustancias psicoactivas

La experiencia de la enfermedad puede ser entendida no solo como un hecho biológico, sino también como un fenómeno social complejo, en el que interactúan factores estructurales, simbólicos y subjetivos. A partir de diversas perspectivas sociológicas (Durkheim, Weber, Blumer, Bourdieu, Bauman), se puede construir una comprensión integrada del proceso por el cual un paciente vive, interpreta e incorpora su condición de salud como parte de su identidad social.

Desde el pensamiento de Émile Durkheim, la enfermedad puede ser vivida como un hecho social en tanto que responde a determinantes externos, como los factores de riesgo colectivos, las condiciones socioeconómicas y las normas culturales en torno al cuerpo, el autocuidado y la responsabilidad individual sobre la salud (Durkheim, 1895). La presión social por "cuidarse", la culpa moralizada frente a ciertas patologías y la estigmatización del enfermo forman parte de ese marco coercitivo externo que moldea la vivencia personal.

Sin embargo, desde la perspectiva de Max Weber, esta experiencia no se reduce a lo estructural: el paciente interpreta su enfermedad y le otorga un sentido particular (Weber, 1922). No todos los individuos responden igual ante el mismo diagnóstico; algunos lo viven como castigo, otros como oportunidad de cambio, y otros como una condición neutral. Esta significación es producto de la acción social con sentido, que puede consolidarse con el tiempo, en procesos de reflexión, adaptación o resistencia.

En la visión del interaccionismo simbólico de Herbert Blumer, el significado de la enfermedad se construye en la interacción con otros: familiares, profesionales de salud, compañeros de trabajo, redes de apoyo o rechazo. La etiqueta de "enfermo" no se da solo por una condición fisiológica, sino por el modo en que la sociedad reacciona ante ella (Blumer, 1969). Esta interacción resulta clave para la integridad psíquica del paciente, ya que le permite o impide adaptar su identidad social a su nueva condición.

En ese proceso de interiorización, se pone en juego el concepto de habitus de Pierre Bourdieu. El enfermo comienza a desarrollar un conjunto de disposiciones, rutinas y formas de estar en el mundo propias de su condición: acude a controles, adopta restricciones, reorganiza su vida laboral o familiar (Bourdieu, 1979). Este "habitus de enfermo" le permite crear un lugar simbólico en la sociedad, que puede aprovechar para su recuperación o transformarse en una fuente de ansiedad, aislamiento o dependencia si no logra integrarlo de manera saludable.

Finalmente, en el contexto contemporáneo descrito por Zygmunt Bauman, caracterizado por la "modernidad líquida", la experiencia de enfermedad se torna inestable. El paciente enfrenta un entorno lleno de información fragmentada, en donde el médico tradicional pierde autoridad frente a otros discursos paralelos, como los de redes sociales, influenciadores o terapias alternativas (Bauman, 2000). Esto genera una percepción líquida del cuidado, donde el saber experto se diluye y el enfermo puede sentirse más confundido o desamparado, sin una narrativa clara para transitar su proceso.

Esta lógica se complejiza al integrar el uso de sustancias psicoactivas (SPA) y la forma como se aborda desde diferentes sistemas médicos. Mientras que la medicina alopática suele categorizar el uso de SPA como patológico, bajo el modelo de enfermedad, los sistemas tradicionales (como la medicina ancestral de pueblos originarios) pueden otorgar un lugar simbólico o terapéutico a ciertas sustancias (ayahuasca, peyote, tabaco, entre otras). Aquello que para la biomedicina representa un factor de riesgo, para una cosmovisión ancestral puede ser una herramienta de curación o de conexión espiritual. En este sentido, el significado social del consumo de SPA es culturalmente mediado y revela tensiones entre modelos epistémicos.

El individuo que atraviesa una experiencia de enfermedad ligada al consumo de SPA se encuentra así en el cruce entre discursos médicos, valores comunitarios, estigmas sociales y recursos simbólicos personales. Su "habitus de enfermo" puede incluir estrategias de resignificación del uso, resistencias frente a la patologización o búsqueda de rutas terapéuticas diversas. Desde una perspectiva intercultural, el profesional de la salud debe reconocer estos sentidos y construir puentes entre el saber clínico y el contexto cultural del paciente.

En conclusión, la enfermedad y el uso de sustancias psicoactivas pueden ser vividos como procesos multidimensionales que combinan presiones sociales (Durkheim), significados personales (Weber), interacciones simbólicas (Blumer), adaptaciones del habitus (Bourdieu) y desestabilizaciones contemporáneas (Bauman). Comprender esta complejidad permite a los profesionales de la salud actuar de manera más empática, crítica e integral, reconociendo que cada paciente no solo lucha con su diagnóstico, sino también con su lugar en el tejido social que lo rodea.

Referencias:

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

  • Blumer, H. (1969). Symbolic Interactionism: Perspective and Method. University of California Press.

  • Bourdieu, P. (1979). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Taurus.

  • Durkheim, E. (1895). Las reglas del método sociológico. Editorial Akal.

  • Weber, M. (1922). Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica.

Comentarios

Entradas populares