Ciudadano de a pie
Soy un ciudadano de a pie. No aquel que aparece en la retórica política como una víctima pasiva a la que se debe proteger, sino un verdadero caminante: mis pies recorren las calles día tras día, paso a paso, con la certeza de que la ciudad se descubre únicamente al contacto directo con su territorio.
Caminar es un acto de libertad. Me resulta frenético y ostentoso usar un automóvil para recorrer apenas cinco kilómetros. Elijo andar, porque en el andar habita el misterio de lo urbano. No me atraen las rectas: las curvas son las que ofrecen placer, sorpresa y revelación.
En el desvío encuentro un árbol de borrachero en un jardín oculto, los ladridos de perros asomados a un balcón, la silueta de una iglesia dibujada por el sol, las miradas de quienes viven en la calle, que también son ciudadanos de a pie; descubro esquinas, tiendas, parques con sus propios ritmos.
La ciudad, más que un concepto, es un organismo vivo para el caminante. No es la alocución de un alcalde que prioriza quedar bien: son personas que respiran, sueños que se materializan en la cotidianidad. No es un espacio abstracto ni vacío de sentimientos; de hecho, es poesía pura.
Y aunque muchos insisten en ver al peatón como víctima de robos y violencias, mi experiencia ha sido la contraria. Conozco más historias de asaltos en parqueaderos que en el recorrido sencillo de la caminata. El caminante forma parte del paisaje: eso lo protege, lo vuelve cercano a quienes lo observan.
Otros asocian caminar con pobreza y sufrimiento. Están equivocados. Andar a pie puede ser —y es para mí— una elección. Aun quien posee vehículo o recursos para adquirirlo puede optar por caminar. Es una actividad física que incluso la medicina recomienda: con los años previene enfermedades, fortalece cuerpo y espíritu.
Caminar es un lujo escaso en un mundo que, apresurado, omite el paisaje urbano y reduce la vida a la clausura de un apartamento y la obligación del trabajo. Es una oposición activa a la suntuosidad inmóvil y decorativa, que nada aporta al desarrollo mental y corporal. Caminar es verdadero movimiento.
Los medios de comunicación, con su maquinaria de abstracciones, difunden miedo y presentan como monstruos a quienes exhiben marcas de pobreza en la calle. Pero el ciudadano de a pie sabe que la realidad es otra: la mayoría de habitantes de calle no son atracadores, aunque consuman bazuco o carguen derrotas.
Son seres humanos que sueñan, que conversan, que todavía guardan la esperanza de una vida distinta. Algunos son profesionales exiliados por la miseria de sus países, sobreviviendo con sus familias en medio del desarraigo. Deambulan entre la angustia del cobijo y la necesidad melancólica de un hambre que se cronifica.
El peatón también incomoda a los ciclistas. Con energía desbordada y cierta arrogancia, suelen despreciar al que camina. Sin embargo, el ciudadano de a pie conoce su lugar: es el primero en la jerarquía urbana. Por ley y por dignidad, los demás deben cederle el paso, aun cuando eso signifique veinte segundos menos de impaciencia en su carrera por llegar a hacer nada.
Quiero, además, rendir homenaje a los adultos mayores, caminantes de excelencia que, con cada paso, dignifican la ciudad:
Caminante de los años,
llevas tatuados los caminos,
exultante en tu trabajo,
humilde en tus empresas.
La suela gastada,
los cordones deshilachados,
pies inteligentes
dirigiendo el calzado.
Besas el pavimento
con cada pisada.
Tus rodillas cansadas
resisten al tiempo.
Cómo te honro,
anciano caminante,
cuánto ejemplo
en tu andar sereno,
hoy me uno a tu memoria.
Este homenaje es también para los mártires que murieron atropellados por la prisa, la desatención y la furia del claxon. Los recuerdo como distinguidos caminantes de a pie, y en ellos deposito gratitud y memoria. Son, por estadística, adultos mayores en su mayoría.
Hoy convoco a nuevos ciudadanos de a pie: no a los vándalos, sino a quienes caminan con gozo, a quienes sonríen mientras el ocaso ilumina el cielo y se despiden de él con calma. A los que cruzan un puente y se detienen a contemplar el río, a leer en sus ondulaciones el reflejo del clima.
Ser ciudadano de a pie es elegir la paz, la seguridad, la armonía. Es pensar y sentir con el movimiento; es dar latidos al corazón, serenar la energía, es la libertad de un cuerpo que se expande por una. De ciudad que lo necesita.
Caminar es un acto de libertad. Me resulta frenético y ostentoso usar un automóvil para recorrer apenas cinco kilómetros. Elijo andar, porque en el andar habita el misterio de lo urbano. No me atraen las rectas: las curvas son las que ofrecen placer, sorpresa y revelación.
En el desvío encuentro un árbol de borrachero en un jardín oculto, los ladridos de perros asomados a un balcón, la silueta de una iglesia dibujada por el sol, las miradas de quienes viven en la calle, que también son ciudadanos de a pie; descubro esquinas, tiendas, parques con sus propios ritmos.
La ciudad, más que un concepto, es un organismo vivo para el caminante. No es la alocución de un alcalde que prioriza quedar bien: son personas que respiran, sueños que se materializan en la cotidianidad. No es un espacio abstracto ni vacío de sentimientos; de hecho, es poesía pura.
Y aunque muchos insisten en ver al peatón como víctima de robos y violencias, mi experiencia ha sido la contraria. Conozco más historias de asaltos en parqueaderos que en el recorrido sencillo de la caminata. El caminante forma parte del paisaje: eso lo protege, lo vuelve cercano a quienes lo observan.
Otros asocian caminar con pobreza y sufrimiento. Están equivocados. Andar a pie puede ser —y es para mí— una elección. Aun quien posee vehículo o recursos para adquirirlo puede optar por caminar. Es una actividad física que incluso la medicina recomienda: con los años previene enfermedades, fortalece cuerpo y espíritu.
Caminar es un lujo escaso en un mundo que, apresurado, omite el paisaje urbano y reduce la vida a la clausura de un apartamento y la obligación del trabajo. Es una oposición activa a la suntuosidad inmóvil y decorativa, que nada aporta al desarrollo mental y corporal. Caminar es verdadero movimiento.
Los medios de comunicación, con su maquinaria de abstracciones, difunden miedo y presentan como monstruos a quienes exhiben marcas de pobreza en la calle. Pero el ciudadano de a pie sabe que la realidad es otra: la mayoría de habitantes de calle no son atracadores, aunque consuman bazuco o carguen derrotas.
Son seres humanos que sueñan, que conversan, que todavía guardan la esperanza de una vida distinta. Algunos son profesionales exiliados por la miseria de sus países, sobreviviendo con sus familias en medio del desarraigo. Deambulan entre la angustia del cobijo y la necesidad melancólica de un hambre que se cronifica.
El peatón también incomoda a los ciclistas. Con energía desbordada y cierta arrogancia, suelen despreciar al que camina. Sin embargo, el ciudadano de a pie conoce su lugar: es el primero en la jerarquía urbana. Por ley y por dignidad, los demás deben cederle el paso, aun cuando eso signifique veinte segundos menos de impaciencia en su carrera por llegar a hacer nada.
Quiero, además, rendir homenaje a los adultos mayores, caminantes de excelencia que, con cada paso, dignifican la ciudad:
Caminante de los años,
llevas tatuados los caminos,
exultante en tu trabajo,
humilde en tus empresas.
La suela gastada,
los cordones deshilachados,
pies inteligentes
dirigiendo el calzado.
Besas el pavimento
con cada pisada.
Tus rodillas cansadas
resisten al tiempo.
Cómo te honro,
anciano caminante,
cuánto ejemplo
en tu andar sereno,
hoy me uno a tu memoria.
Este homenaje es también para los mártires que murieron atropellados por la prisa, la desatención y la furia del claxon. Los recuerdo como distinguidos caminantes de a pie, y en ellos deposito gratitud y memoria. Son, por estadística, adultos mayores en su mayoría.
Hoy convoco a nuevos ciudadanos de a pie: no a los vándalos, sino a quienes caminan con gozo, a quienes sonríen mientras el ocaso ilumina el cielo y se despiden de él con calma. A los que cruzan un puente y se detienen a contemplar el río, a leer en sus ondulaciones el reflejo del clima.
Ser ciudadano de a pie es elegir la paz, la seguridad, la armonía. Es pensar y sentir con el movimiento; es dar latidos al corazón, serenar la energía, es la libertad de un cuerpo que se expande por una. De ciudad que lo necesita.
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